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Los puentes

El pasado 25 de enero dediqué la noche del sábado a ver los Goya con mi chico y mis dos gatos: Bowie y Simone. Hacía años que no veía la gala y este año me apetecía mucho porque tengo una gran debilidad por nuestro internacional Antonio Banderas.
Al poquito de comenzar dieron el galardón que creo que como editora más ilusión me hace: «El Goya al mejor guión adaptado», nada más y nada menos que fue para Benito Zambrano y para Daniel y Pablo Remón por Intemperie. En un momento recordé aquella novela tan perturbadora que leí en el año 2013, cuando cursaba el máster de Edición en la Pompeu Fabra de Barcelona. Fue una novela que conmovió desde el comienzo y que devoré en las escasas tres horas siguientes del inicio de mi lectura: me atrapó el narrador. Recuerdo que Elena Ramírez, editora de Seix Barral y la máxima responsable de la publicación de la novela, era una de mis profesoras y defendía ese título y a ese autor, por aquel entonces desconocido, con una devoción admirable. En el discurso de agradecimiento de estos tres señores en ningún momento mencionaron a la buena de Elena y pensé en lo ingrato que a veces puede ser el sector editorial, ya que esa película jamás habría visto la luz si la señora Ramírez no hubiera apostado anteriormente por esa novela de autor desconocido. Los editores no solo dan luz a una obra sino que a veces son puentes que llevan a establecer diálogos entre dos artes, como son la literatura y el cine.
La nueva bala perdida de este año, Animales vivos por poco tiempo, de Fernando Nuño, me recuerda a ese Intemperie de Jesús Carrasco, no en sí por la historia sino por el poder de un narrador que se apodera de ti desde la primera palabra. Esa misma sensación tuve cuando leí Comida para perros, magnificamente editada por Milwakee, y con la impronta de este autor que provoca la desazón de la buena literatura, esa que te cautiva y te desgarra a partes iguales. Animales vivos por poco tiempo es una de esas novelas que se te queda en los huesos y no te suelta jamás.

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