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Fernando Nuño

Eliges la segunda persona porque no te gusta hablar de ti. O, quizá, porque, llegado el caso, prefieres pensar que es otro quien se encarga de hacerlo. Aunque de ese modo te arriesgues a no salir bien parado, a veces. No te importa. Durante años, lo primero que leías al sentarte frente al panel de corcho que colgaba sobre tu escritorio era: No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Estas palabras de Henry Miller reafirmaban, de algún modo, aquello que eras y lo que nunca llegarías a ser. Y de eso sí parecían estar todos bien seguros. Porque, en el diccionario del barrio, la definición de «bala perdida» iba acompañada de tu fotografía. Tus vecinos de entonces podrían contar algo al respecto. Eras el balarrasa por excelencia. O eso decían. O eso les encantaba decir. Empleos de tres meses conformaban tu lamentable currículum cuando había suerte. Cuando no, dormías de día y bebías de noche. Y luego volvías a beber (maldita sed, pensabas). Y cogías la guitarra. Y desaparecías con ella. Y ensuciabas sus cuerdas por las plazas de media España. Y así era. Y así fue. Pero antes. Hace tanto tiempo que no puedes recordarlo. Porque ahora están ellas. A veces piensas cómo sería tu vida sin ellas y decides que es mejor no pensar. Y dejar que todo fluya. Partido a partido, que dicen ahora. Porque ahora, además, algunos utilizan la tercera persona y dicen: Se aplica Fernando Nuño en esto de la literatura desde la sinceridad, pateando el culo del lirismo, por considerarlo, quizá, tramposo, y aplicándose sobre el papel con la eficacia de un zapatero sobre el cuero, bruñendo y desmigando la paja a golpe de ingenio: un fino sentido del humor que desnuda con brillantez lo absurdo del alma humana y que hubiera firmado el insigne Rafael Azcona (…) porque Nuño cree, acertadamente, que el ser humano es un payaso subido a un trapecio. Inevitable, el vértigo.

Fernando Nuño nació y sobrevive en Asturias. Fue finalista del concurso «Asturias joven de narrativa» cuando era joven. Después de pasarse algún tiempo alejado de las teclas —que no de las letras—, ha publicado los libros Guitarras oxidadas (LCK15, 2012), 12 Años (Amargord, 2013) y Comida para perros (Milwaukee, 2014). Sus cuentos aparecen en más de una veintena de antologías derivadas de distintos concursos literarios.