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Entrevista de Olga Lucas en EL Salto, por Sara Plaza

El primer recuerdo de Olga Lucas (Toulouse, 1947) son las manos de un oficial francés posadas sobre su cuna. Tenía tres años y los gendarmes estaban buscando material de la actividad política de su padre, refugiado de la dictadura franquista. Francia hizo una depuración de españoles, después de que estos lucharan para defender al país del nazismo, en la conocida como Operación Bolero-Paprika. Pero no hay ni rastro de esta historia en los libros de texto. Los recuerdos de la pequeña Olga vienen a llenar ese vacío. Lucas, escritora, poeta y traductora, acaba de publicar el libro Tras el telón de acero (Hijas del exilio) (Bala Perdida, 2022) en el que destapa sus memorias. Unas memorias congeladas en el frío destierro de su familia hasta Europa del Este en la época estalinista.

Con su testimonio también pretende completar las piezas que faltan en el puzle de la paridad histórica: quiere visibilizar las vicisitudes que atravesaron las mujeres que lucharon en el bando antifascista. “Para mi familia, mi padre, que salió vivo del campo de concentración de Buchenwald, era un héroe. Pero la verdadera heroína fue mi madre, que crió, trabajó y luchó. Y nunca estuvo ausente”, relata en el salón de su hogar mientras el rostro de su madre, Ángeles Torre de la Hoz, vigila junto a un extracto de la Constitución de la II República, “esa que ella tanto defendió”, se emociona Lucas. Asegura que ya tiene 75 años y empieza a tener lapsus, por lo que es el momento de contar las cosas. Y se apoya en este libro, que comenzó a escribir después de que su marido, el economista y humanista José Luis Sampedro, fallecido en 2013, le empujara muchas veces a hacerlo. Y así comienza el viaje por su memoria.

Tus padres se fueron a Francia huyendo del régimen franquista. ¿Cómo empieza su periplo?
Mi madre hizo antes otro periplo, porque le pilló la guerra en Asturias. Como sabes, el norte cayó antes y cruzaron los Pirineos para evacuarse. Volvieron a entrar por Puigcerdá (Catalunya) y terminaron el resto de la guerra en Barcelona. Y de ahí tuvieron que huir otra vez. Este es el periplo de la familia materna. A mi padre le pilló la guerra en Valencia y él salió después de la batalla del Ebro.

¿Cómo confluyeron los dos en Francia?
Se conocieron durante la resistencia porque mi familia materna tenía una casa que era punto de apoyo en un pueblecito al sur de Francia. Mi padre pasó por ahí varias veces y ahí coincidieron. Después mi padre fue detenido por la Gestapo e internado en el campo de concentración nazi de Buchenwald. Cuando se liberaron los campos, volvió a Toulouse, donde estaba mi madre, y ahí es cuando ellos se casaron.

Es entonces cuando Francia realizó una “limpieza de rojos”. Se trata de la Operación Bolero-Paprika, que aún hoy permanece desconocida.
Francia acogió a los refugiados españoles, pero luego cometió una gran infamia. Puedo entender que en el 39 una superavalancha de españoles les viniera grande, pero la operación de limpieza se desarrolló en 1950. Es decir, después de que los españoles hubieran colaborado en la resistencia y hubieran luchado por defender a Francia del nazismo. En ese momento, la geopolítica cambió y lo importante en el mundo era el anticomunismo.

Estos españoles, entre los que se encuentra mi familia, sufrieron tres guerras: la española, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. En este contexto de Guerra Fría en el que está todo polarizado, ni a Estados Unidos ni a la España de Franco les conviene tener comunistas en Europa. La comunidad internacional empieza a reconocer el régimen franquista porque se necesita a España para instalar las bases para luchar contra la URSS. Además, Franco presiona al gobierno francés porque le interesaba una limpieza de comunistas en el sur de Francia para evitar la guerrilla. Francia recibió presiones tanto de los norteamericanos como de los españoles. Y en ese momento el enemigo número uno era la Unión Soviética. Entonces, se hace la operación Bolero- Paprika, que consiste en “limpiar” Francia de comunistas. Bolero por los españoles y paprika por los ciudadanos del este, porque al liberarse los campos de concentración muchos se quedaron en Francia.

Consiste en detenerlos, en deportarlos, en expulsarlos del territorio, a algunos de muy malas maneras. Hubo gente a la que dejaron en la frontera de la extinta RDA. A otros los mandaron a Orán, antigua colonia francesa, o a Córcega. A mí padre le tocó ir a Córcega. A partir de ese momento, estuvieron en un limbo jurídico porque eran exiliados españoles en Francia.

Francia hizo como Turquía está haciendo en la actualidad con los migrantes, admitir fondos internacionales por ser país de acogida y luego deportar a la gente. Tampoco a Córcega le hacía mucha ilusión acogerles, entonces hicieron gestiones y los países del Este que se encontraban detrás del telón de acero les dieron asilo político. Un día les embarcaron, les mandaron para Polonia y allí hicieron la distribución.

A tu padre le mandaron a Checoslovaquia. ¿Cuándo conseguisteis reuniros con él y por qué os costó tanto?
Mi familia [ironiza]ha tenido siempre la virtud de estar en el bando perdedor y nos tocó la época estalinista. La mayoría de familias tardaron un año en reunirse. Nosotros tardamos cinco. Nos dejaron reencontrarnos cuando comenzó la desestalinización y se levantaron las sanciones. Mi padre y mi madre fueron sancionados por el régimen de Stalin.

Mi madre se quedó sola en Francia con una criatura de cuatro años y otra de tres. Tenía que ganarse la vida sin tenernos en la calle. El exilio tiene también eso, que estás solo y no tienes parientes que te ayuden en la crianza. Cuando tú estás en el exilio no te tienes más que a ti mismo. Mi madre si se iba a trabajar tenía que dejar a dos criaturas solas, entonces se agenció una máquina de coser en casa y fue acusada de titismo [seguidores de Tito, jefe de Estado de Yugoslavia que promulgaba un comunismo heterodoxo apartado de la doctrina soviética] por hacerse una pequeña empresaria. Ser titista o revisionista era una desgracia muy grande para los estalinistas.

Y mi padre fue también acusado porque en aquella época todo el que salía vivo de misiones o circunstancias represivas era sospechoso. Mi padre salió vivo de un campo de concentración, salió indemne de las comisarías francesas, solo se dejó unas cuantas muelas en los interrogatorios. Entonces era sospechoso de delación.

En esa época tan difícil donde todo el mundo sospecha de todo el mundo, mis padres fueron sancionados. Los cinco años separados fueron terribles, muy duros especialmente para mi madre, que se quedó sola con dos criaturas.

Cuando empezaron a aflojar, a finales del 55, fue cuando nosotros pudimos reunirnos y luego, cuando progresó la desestalinización, ya pudimos incluso trasladarnos a Budapest. En Checoslovaquia estábamos en un pequeño pueblo en los montes Sudetes, Ústi nad Labem, un pueblo industrial muy contaminado y con mucho frío.

El frío es otro de los protagonistas de este libro. Dices que se os metió dentro del cuerpo y que no encontraba salida.
Y todavía hoy no la ha encontrado, cada vez está más arraigado en mis huesos.

He dividido este libro en dos partes: el frío y el agua. El frío es la parte de Checoslovaquia y el agua es la parte de Budapest, en Hungría. A mí lo que más me condicionó a la llegada de Checoslovaquia fue el frío. Nosotros llegábamos de La Seyne-sur-Mer, a las afueras de Tolón, en la costa azul francesa. Y es como si te trasladan desde Valencia a Burgos en pleno mes de invierno.

Nosotros llegamos en víspera de navidades. Allí las casas tienen unos sótanos donde la gente almacena sus provisiones para todo el invierno; en aquella época las carreteras se helaban y no había transporte terrestre. En septiembre, la gente se aprovisionaba de patatas, manzanas y carbón. Pero nosotros llegamos allí en diciembre y no teníamos nada de eso. De poco servía tener una estufa maravillosa si no teníamos carbón.

Hablamos de Checoslovaquia en la época estalinista. Tú tenías miedo de que se malinterpretara lo que cuentas, porque es cierto que lo pasasteis mal.
Yo tenía miedo de que no se entendiera, porque las cosas hay que entenderlas en su contexto. A lo largo de los años se ha deformado mucho la historia y se equipara el estalinismo con el nazismo. Puede haber habido brutalidades en el estalinismo, pero es que no es lo mismo.

Si algo he tenido claro es que no quería hacer un panfleto anticomunista. Yo en el mundo comunista de aquella época he conocido lo mejor y lo peor del ser humano porque es lo que ha caracterizado el siglo. Pero yo no me he vuelto anticomunista y me molestan bastante las diferentes varas de medir. La mayoría de ideologías tienen bastantes muertos a sus espaldas. El neoliberalismo ha convertido el Mediterráneo en un cementerio y tú te puedes declarar neoliberal sin que te miren por encima del hombro. En cambio, si alguien dice que es comunista le sacan los crímenes de Stalin y Paracuellos.

A mí, si alguien me pregunta si soy comunista, digo que depende de lo que se entienda por comunismo. Si se entiende como el estalinismo, evidentemente yo estoy contra eso. Pero si seguimos pensando en una sociedad en la que cada cual aporta según sus posibilidades y recibe en función de sus necesidades, pues yo sigo siendo comunista porque yo sigo abogando por una sociedad así. Claro que me gustaría que algún día hubiera condiciones para que se pudiese desarrollar un comunismo libertario, y no como se intentó hacer con una dictadura del proletariado que al final, por muy proletariado que sea, es una dictadura.

Ironizas mucho con la posición de la mujer en la construcción del socialismo. No aparecen en ninguna estatua ni en ningún reconocimiento.
Así es. Y lo pasaron mal las mujeres, muy mal. Se levantaban a las cinco de la mañana con 20 grados bajo cero, iban a la fábrica, trabajaban a destajo en un régimen socialista en el que ganabas por pieza fabricada y te descontaban las que estaban mal hechas, y sacaban adelante a los hijos. Y al final, para tener lo justito, costaba llegar a final de mes. Nosotros, cuando llegamos y no teníamos carbón, fuimos mi madre y yo las que, con un trineo, fuimos de un lado a otro buscando un saco en algún sitio.

Mi hermana nació en Checoslovaquia, la llevabas a la guardería y había que subir una cuesta congelada en invierno. Tú empujabas el carrito y el carrito te echaba para atrás. Era una proeza llegar hasta ahí arriba. Y todas esas cosas las tenían que hacer las mujeres antes de irse a la fábrica a trabajar, igual de explotadas que sus maridos, y sacando adelante a los hijos.

Tu madre es una pieza fundamental del libro. Tu padre pudo pasar más penurias, porque pasó por un campo de concentración, pero ella fue el sostén de vuestra familia.
Mi madre es una heroína y yo lo reivindico. El patriarcado nos ha imbuido mucho y en mi familia el héroe era mi padre. Pero mi madre no ha hecho menos que él, la única diferencia es que a ella no la pilló la Gestapo, y además nos ha criado. Yo a mi padre le tengo mucha admiración porque es un ejemplo de entereza, honestidad y entrega, pero también es el gran ausente en mi infancia. Y mi madre nunca ha sido una ausente, nunca, en ningún momento.

Mi madre participó en la resistencia y estuvo pasando maquis en la frontera con Andorra. Militó toda su vida, estuvo en los inicios y en la fundación del Movimiento Democrático de Mujeres. Además, ha formado parte de las asociaciones de barrio. Pero nos ha criado. Mi madre se ha sacrificado muchísimo, y yo creo que en general todas las madres luchadoras han sabido encontrar mucho mejor el equilibrio entre la lucha política y la crianza que los hombres. Para los hombres, la prioridad era la lucha, pasaba por encima de todo y la lucha lo justificaba todo. En algunos momentos he pensado por qué las personas como mi padre se casan y tienen hijos. Deberían ser como los curas, dedicados a una cosa y ya. Y nadie se lo planteaba, te lo planteas ahora, retrospectivamente. Las mujeres son las que han sacado adelante a los hijos de los luchadores. Y en las familias que se quedaron en España, con los hombres que se tiraron al monte, exactamente igual.

Después de Checoslovaquia, ¿hacia dónde os desplazasteis?
La cosa mejoró. Se impone la desestalinización y fuimos a Budapest. Conseguimos una casa con agua corriente. A los doce años de mi vida aprendí lo que es abrir un grifo. Además, teníamos un cuarto de baño dentro de la casa y agua caliente en días alternos, entonces aquello era como un lujazo.

Cuando llegas a España, ¿qué es lo que sientes? Porque dices que una niña exiliada nunca deja de serlo.
Yo llego a finales del 69. Y no, una niña exiliada nunca deja de serlo. Si tú naces en el exilio, te educan para volver. Tú crees que vas a volver pero, ¿cómo vas a volver a un sitio en el que nunca has estado?

El problema del exilio español es que duró 40 años. Y 40 años son demasiados años. Incluso el que nació en España y vuelve tiene muchas dificultades porque no regresa al país que dejó, vuelves a otra cosa. Y yo, cuando volví a España, me di cuenta de que era una escala más del exilio. Habíamos llegado a otro país pero no era el mío, no tenía nada que ver con el país para el que a mí me educaron.

Aparte del periodo de adaptación, que te ocurre cuando vas a cualquier sitio, te planteas “¿es que yo de dónde soy?”. El desarraigo del exilio para las segundas generaciones es para toda la vida.

Imagino que vivisteis la transición con mucha esperanza pero, ¿qué ha sido realmente la transición?
La transición ha sido lo que pudo ser. Lo peor que ha tenido la transición es la idealización posterior, no tanto lo que se hizo o no se hizo, porque creo que se hizo lo que se pudo hacer, pero como era lo que se pudo y no lo que se quiso pues obviamente había defectos. Y si tú estos defectos, lejos de ir subsanándolos a medida que se asientan las cosas, no los subsanas y dejas pasar el tiempo, primero porque era pronto y ahora porque ya es tarde y no hay que remover… pues no se arregla nada.

Yo no denigro la transición y quiero creer que se hizo lo que se pudo hacer en ese momento. Pero el mayor defecto ha sido la complacencia posterior. El olvido hacia los maquis, el olvido hacia la gente en las cunetas… Esto se hubiera podido subsanar después. Muchas cosas en la judicatura quiero creer que también se habrían podido subsanar después. Yo no le echo la culpa tanto a ese momento como al no reconocer lo que no se pudo hacer e intentar hacerlo después.

¿Tú sientes vuestra historia reparada?

Es que no me lo planteo en esos términos porque no hay reparación posible. Hay cosas que nunca se reparan. Pero sí que hay que hacer para que se conozcan, no se repitan y, como mínimo, se honre a las personas que han luchado por esa democracia y por ese bienestar que ahora tú estás disfrutando. Qué menos. Aquí no solo es que no se les honre, es que se les insulta, es que se les humilla, se les cuelga sambenitos. Pero hay cosas que no se pueden reparar.

¿Qué tenemos que saber las lectoras cuando abrimos tu libro?Yo quiero que mi libro no se lea como una autobiografía porque no he pretendido hablar de mí, sino contar historias que se han ocultado por interés de los gobiernos o de las corporaciones implicadas en ellas. Esas historias solo se conocen si los descendientes o los protagonistas las cuentan. Yo he querido contar eso y aportar mi granito de arena a la memoria, porque la memoria es muy importante. Creo en la memoria desconflictivizada, no en la memoria del rencor. Y para poder desconflictivizar la memoria hay que hablar y conocer lo que pasó y procurar no repetirlo. Lo llamo fantistorias porque no es un ensayo, son historietas; en el momento que tú cuentas una cosa desde tu vivencia hay una carga de subjetividad que es inevitable. Los libros de historia tienen más rigor, más datos, más cifras. Pero a esas cifras les faltan los rostros. Este tipo de literatura es complementaria al trabajo de los historiadores, que estará mucho más documentado, más sólido, pero al final no son más que datos. Datos a los que les falta rostro. Y aquí está mi caso para eso.

 

Véase tambiénhttps://www.elsaltodiario.com/memoria-historica/olga-lucas-una-nina-exiliada-nunca-deja-de-serlo

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