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Entrevista a Rosario López sobre “Los besos secos” en Diario de Sevilla, por Braulio Ortiz

“Lo que más echo de menos es susurrar. Todo enamorado susurra. Nadie que esté enamorado no susurra. Ninguno que ame bien le grita al otro“. Lo dice Lucía, la protagonista de la novela Los besos secos, escrita por Rosario López y publicada por Bala Perdida, una historia sobre la soledad y las pasiones que se agotan, sobre cómo la ausencia nos vuelve un cuerpo muerto que arrastra la añoranza. “Hoy es pasado y yo estoy despierta y recuerdo. Hay que crear futuro para dejar de recordar”, asegura Lucía, una actriz andaluza que se mudó a Madrid y trabaja en un bar y maldice la marcha de Alberto, el amado. “¿Cómo es posible que ya no te vea?, ¿cómo es posible que tú también de repente seas un extraño? ¿Quién querrá mi mundo ahora?”, se pregunta. Rosario López, sevillana que ha vivido en Praga, Melilla y los Balcanes y que, como su personaje, reside ahora en Madrid, adopta la voz de esa mujer en busca de sí misma en una narración caudalosa y sentida –como es también la memoria– en la que la vida cotidiana se impregna de lirismo. Los besos secos, anota Lara Moreno en el prólogo, “no es una novela, es un poema. Eso no significa nada más que lo que significa: que su cuerpo tiene la consistencia del aire y el peso del dolor”.

–Aunque el libro sea muy libre para ceñirlo a un argumento, podríamos resumirlo como la crónica de una soledad, el retrato de qué sucede tras una ruptura.

Un día al llegar a casa olía muchísimo a curry. Era un olor que estaba en todo y crecía e iba cavando, de alguna manera, una ausencia, la ausencia, muchas ausencias que casi podemos ver levantarse y echar a andar. Hay un verso de Darío Jaramillo que dice que los recuerdos no son recuerdos, son respiración. En el libro se dice, en el reproche al amado, que se olvida de besar su ombligo, de amar sus agujeros; que olvida que la nariz siempre está abierta, y que un olor no se puede barrer. La tristeza por las personas que ya no están, y no van a volver nunca, y que además nos amaron, y nos amaron bien en nuestro recuerdo, amenaza siempre, especialmente al otro.

–Su personaje siente de manera arrebatada la ausencia del amado. ¿Estamos incapacitados para la soledad? Todavía hoy, ¿nos condiciona esa meta romántica de vivir en pareja?

–Puede que sí, también por la seguridad, aparente, de tener a alguien a tu lado. Muchas parejas rotas han vuelto esta cuarentena, y siguen, con su rotura, apañándose mal. Otras se han fortalecido. La idea de que una mora con otra se quita también está ahí. Aparentemente, en los últimos años el mundo ha cambiado, pero hay muchas personas que siguen teniendo miedo a estar solas. Ni siquiera saben qué les gusta. Y eso es triste: morirte sin saber quién eres ni qué quieres hacer con este rato que estás por aquí.

–No ha querido idealizar a Lucía, su protagonista. Está llena de rabia, perdida, y a menudo lo paga con sus allegados.

–Mientras la escribía vi un cartel en Malasaña que decía: “Si me idealizas te rajo”. Podría haberlo escrito Lucía, perfectamente. Lo paga con sus allegados pero que siente lejos; como puede que esté ella lejos de sí misma, perdida. Hay un momento en que dice que es la primera vez que vive sola y que eso algo significará. La amistad es un milagro verdadero, y ella siente que hay pocas personas que consigan llegar a la oscuridad que más le duele. Llevamos demasiados trajes, yo pienso. Escuchamos fatal, por dentro, al otro ser. Porque tratamos de razonar. Un extranjero me enseñó que a veces uno no necesita que lo comprendan, solo que estén a su lado.

–Los medios dedican mucho espacio a los actores que triunfan, pero tal vez se cuenta poco la historia de tantos intérpretes, como Lucía, que intentan salir adelante y no prosperan.

–Sí, el espectáculo es la noticia. Puede haber también luz poniendo el foco en la miseria de lo que implica estar ahí o no, en lo que se ha tenido que dejar de ser para estar ahí, y en si verdaderamente ese es un mundo envidiable. Todos los oficios serían respetables si se viera sólo el oficio. Tan respetables como miserables, somos actrices de alfombra roja rajada. Se habla mucho también en el libro de cuánto y cómo actuamos, sobre qué de lo que hacemos lo creemos honestamente.

–La pandemia y el confinamiento han aportado una nueva lectura al libro. Hoy, el aislamiento de Lucía encuentra un inesperado eco en los lectores.

–Ya ve, los besos están más secos que nunca; tocar lo desconocido, que siempre habla de nosotros, ahora es más difícil. Sería maravilloso que ese eco también se viera en vivir de forma más consciente: decir lo que nos gusta cuando nos gusta, da igual a quién; disfrutar de la sandía que te comes por la tarde y pensar en quién la sembró. Agradecer el cuerpo, porque ya se ha visto que nada está a salvo. Yo me siento tan parte de todo como un gorrión. Lo admiro picoteando las migajas, no muy lejos de las palomas, y luego llega el perro. Puedo pasarme un día así. No todo el mundo puede ver. Lo bello siempre peligra.

–En algún momento le dicen al personaje principal que como andaluza echará de menos la playa, y ella corrige: no toda Andalucía tiene playa. Ni en eso ni en otros detalles responde al tópico. Es una andaluza interior, sobria.

–Qué bello eso: andaluzas soledades decía un verso de Cernuda, creo recordar. Recuerdo que una segoviana me dijo una vez que yo era una andaluza discreta. Y también recuerdo que lo tomé como un halago. No sé qué me llama más la atención: si su visión o cómo yo recojo esa visión. Puede que esto también tenga mucho que ver con lo que hablábamos antes, de conocerse fuera de lo común. A Andalucía se la quiere mucho fuera de Andalucía, y esto es cierto. Lo que no sé es cuánto de los pueblos, del pueblo interior, se conoce. Todo el mundo quiere tener un pueblo cuando crece, a ser posible un pueblo andaluz; pero me da también que sólo conocemos la parte amable. Andalucía tiene su dolor y su parte seca, sufre. Otra cosa es cómo lo comparte, si lo comparte. Esto sí que yo lo veo, hay un entregarse a los demás muy andaluz, muy de nuestro carácter, al menos del andaluz interior. No llorar por no molestar. Y cierta resignación que sólo he visto en los Balcanes.

–Madrid es otro personaje más. Una ciudad donde pocos son realmente de allí y todos son un poco extranjeros.

–Yo a Madrid la quiero y la respeto a diario: es ciudad que acoge y deja ser y se permea de lo tuyo, con todas las dificultades, que son muchas. Si una está atenta, le hace ver su lado extranjero. Me interesaba también fijarme en los de Madrid, los de antes. La hermana de mi abuela se vino aquí a vivir con su familia; y cuando iban al sur eran Los de Madrid. Ahora soy yo la tía de Madrid.

–Usted da clases de escritura, pero su libro transmite una poderosa sensación de libertad, no parece responder a ninguna fórmula. ¿Qué voces le inspiran? ¿En qué espejos se mira?

–Mis historias nacen de una manera muy orgánica. Escribo a mano, soltando semillas, y luego veo qué tipo de árbol puede ser eso. Riego y ahondo. Para esta novela, en concreto, me ayudó La vida perra de Juanita Narboni. Quería carácter y vulnerabilidad, reconocer la fragilidad de ser, sencillamente, seres humanos.

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