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Samir Delgado

En la distancia a las estrellas hay un testamento del jardín.

En julio de 1969, hace medio siglo y días después de la llegada a la luna, el artista hispanofilipino Fernando Zóbel pintó bajo el cielo castellano su cuadro más conocido, el Jardín seco. Ver cualquiera de sus pinturas supone una revelación muy cercana a la experiencia de mirar el cielo y de pasear junto al río a la misma vez. Yo siempre quise ser astrónomo y finalmente me hice poeta, en algo se parecen ambas vocaciones y no han sido otras las formas más genuinas de afrontar el misterio de la vida.

Mirar un cuadro y escribir desde dentro de la pintura también debe conservar un curioso parentesco con hacer un viaje espacial: al fin fuera y dentro, nada se toca y todo puede sentirse a través de la mirada. Por eso este libro es una travesía por el universo de los cuadros de Zóbel, otra forma de visitar el espacio simbólico del río y las estrellas, de los paisajes íntimos de la belleza.

Un libro de poemas en diálogo con la pintura abstracta y escrito en México, el centro de la luna en la mitología náhuatl. Desde Altamira a Bonampak, del Louvre al Guggenheim, el ser humano ha expresado su condición cósmica por medio de los colores y la poesía ha transcrito en palabras lo que el ojo ve y el corazón siente desde la conmoción original del fuego en la noche de los tiempos.

Estos paisajes entre la pintura y la poesía, casi como saetas o como bólidos estelares —es lo que tiene ser un bala perdida— son un homenaje al artista filipino que trajo consigo la modernidad en medio de la dictadura y esperan ser visitados como una ventana abierta al espacio sideral, como un reclamo de libertad frente al desastre. No puede ser otra su latitud, fuera y dentro al fin, junto a las estrellas y en el jardín.