Aunque aprovechó el tirón, Josita Hernán no tardó en querer deshacerse del corsé de la madrileñísima Susana Ruiz y hasta de su pareja de escena, Rafael Durán. Entre 1941 y 1950 asumió el mando de su propia compañía teatral, con la que se puso en la piel de una mujer con el deseo de divorciarse en «Ausencia» y hasta de una abanderada del amor sáfico en «¿Odio?», dos relatos insólitos para la España de mediados del siglo XX. En 1951 pudo haber sido la primera directora de cine del país, pero «Tanya» nunca llegó a asomarse a la gran pantalla y la conquista acabaría siendo para Ana Mariscal dos años después. Era hora de partir, y Gómez García lo argumenta así: «Eligió irse de España y renunciar a su capital social a cambio de hacer justicia a sus sueños, es decir, prefirió vivir libremente a permanecer en la memoria de los espectadores».

En Francia, Josita Hernán estudió Dirección Escénica en el Conservatorio Nacional de Arte Dramático, donde impartió clases de Teatro Español hasta 1975. Quiso el destino que la cinta que la había encumbrado y sentenciado a la vez se quemara y la última prueba de su éxito se evaporara con sus cenizas. Nunca se casó y en los 80 se reencontró con Madrid para fundirse en un abrazo que alcanzó su pico de nostalgia en 1995, cuando un tal José Manuel Parada la invitó a los platós de TVE para acompañarle en el primer programa de «Cine de Barrio». Aquel fue el último baño de luz bajo los focos antes de apagarse para siempre en 1999. Hasta ahora.

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