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Reseña y entrevista de “Los besos secos”, de Rosario López, en Un Libro al Día

idioma original: Español
Año de publicación: 2020
Valoración: Recomendable

Hay que ser muy valiente (o muy loca) para escribir tu primera novela en segunda persona y con un lenguaje que acerca al texto al poema en prosa. Por tanto, mérito de la autora el asumir un alto riesgo en cuanto a la forma o el estilo y el conseguir que el texto no descarrile. Eso sí, hay que tener paciencia. Confieso que me ha costado entrar en el texto, en sus sentencias breves que en ocasiones parecen buscar siempre la frase perfecta, la palabra precisa.
Pasada esa impresión inicial, uno se adapta al peculiar ritmo de la novela, a los vaivenes de los pensamientos de Lucía, chica siempre tanto de soñar, siempre tan poco de dormir, al tiempo que la novela crece y se bifurca. Lo que en un primer momento era el diálogo con un novio ausente, un monólogo en el que el recuerdo es pus y escuece, un memorial del final (sobre todo) de la relación Lucía – Alberto, se abre y se convierte en un texto sobre diferentes ausencias y sobre la (im)posibilidad de llenarlas, sobre la diferencia entre pasado y recuerdo, sobre el querer (verbo irregular, por supuestísimo) y el pensar (siempre un diálogo contradictorio, o eso debería ser)…
Pero también “Los besos secos” puede ser leído, en ciertos aspectos, como un texto generacional. Digo en ciertos aspectos porque aunque la historia de la madre de Lucía guarda ciertos paralelismos con la de esta, Lucía sí que representa a una mujer joven que vive de alquiler en una gran ciudad, con un empleo precario para nada acorde a su formación, con sueños que parecen casi inalcanzables, dudas, miedos… O como dice “Flora y Fauno”, canción de Santi Campos que os recomiendo buscar por la red (y que parece hecha casi a propósito como banda sonora del libro):
Mira esa chica rebosando drama,
con el peso del mundo sobre sus espaldas,
tiene treinta años y es bastante guapa,
se crió en un pueblo y vive en Malasaña.
Se acuesta con muchos, no duerme con nadie,
no sabe qué hacer para que su vida vaya bien
 
Así que, resumiendo, interesante y arriesgado debut de Rosario López con un poético texto de regusto agridulce que refleja perfectamente un tiempo, un lugar y una forma de ver las cosas que a muchos resultará familiar.
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Aprovechamos la amabilidad de Rosario López (muchísimas gracias, de nuevo) para hacerle unas preguntas acerca de la novela. Ojo que sus respuestas no tienen desperdicio. Aquí están:
¿Cuál ha sido tu principal miedo a la hora de escribir y ver publicada tu primera novela?
Bueno, esta no es mi primera novela, así que el miedo era menor a la hora de publicar, me refiero al miedo a publicar lo primero que una escribe. Creo que he aprendido a esperar. “Esperar es un verbo importante”, como se dice casi al final de Los besos secos. Luego también esta novela tuvo mucha suerte en dos concursos, en los que quedó finalista, por lo que ese miedo, esa inseguridad de autora novel, se redujo. Sobre mi miedo más íntimo a la hora de escribir no ha cambiado mucho: es el mismo con el que afronto cada proyecto. Soy muy disciplinada y no hay día de mi vida que no escriba, pero no puedo seguir un mapa, aunque lo trace. Nunca sé si donde estoy cavando terminará construyéndose un edificio que se sostenga para otros ojos. El vértigo es nuevo a diario.
Narración en segunda persona y lenguaje muy muy poético. Desde luego que no se te puede achacar haber ido por el camino fácil, ¿no?
¿Tan poético? ¿Sí? Puede que mi sueño verdadero sea ser poeta un día. No lo sé. También es un lenguaje muy de la calle. Hay mucha poesía en la calle, yo creo. Y en la familia. No me propuse esa segunda persona, pero empecé a usarla para ver quién era Alberto (y Lucía en sus reproches), y fue cuando descubrí todas las demás personas que ese Tú podría esconder. La ausencia, que pesa, como las flores, que no hay, en invierno, en el Retiro. Lara Moreno lo cuenta muy bien en su prólogo, que es un poema bellísimo que recomiendo leer (antes o después) por puro disfrute. También es una primera persona (devastada, dice ella) muchas veces, y así puede leerse, como un monólogo, porque al final ella no deja de estar sola, como no deja de estarlo nadie. “A mis soledades voy/ de mis soledades vengo” dijo Lope de Vega, y es la cita que abre el libro. No sé si hay camino fácil en literatura. Sí sé que cada historia merece ser contada de un modo, y hay que encontrarlo. A mí es lo que más me importa, y creo que aquí lo logré. Me ayudó mucho la lectura de La vida perra de Juanita Narboni, de Ángel Vázquez.
Lucía, sevillana que viene a Madrid, con “aspiraciones artísticas”… ¿Cuánto hay de Rosario en Lucía? Y lo que es más importante, ¿cuánto queda de Lucía en Rosario?
Todo y nada. Es decir, las cosas que me pasan las aprovecho para escribir, las destrozo o les pongo un lazo, según la propuesta, también a las cosas que no pasaron y podrían haber pasado. Esas tienen mucha enjundia. Ojo, las cosas que me pasan no tienen por qué pasarme directamente a mí, a veces me llegan, me tocan. No sé quién dijo que había cosas que tocábamos antes de ver. Yo vengo del periodismo, y eso te curte mucho, hablar con mucha gente, ser testigo, la calle, más calle, más gente, caminar, escuchar, insistir. Lucía tiene mucha calle. Hace muchos años que dejé Sevilla y el pueblo donde crecí, como ella también, pero yo he vivido en otros sitios y ella no, y vine con pocas aspiraciones. Creo que ella sueña más y se lo permite, es más idealista, probablemente, y tiene la ilusión de que la palabra comprometa, yo empiezo a comprender que no. La reflexión sobre las palabras que usamos es algo que también compartimos, claro, y las clases de español. El amor por el lenguaje. Los escenarios, que en su mayoría son reales, pero yo uso a mi manera, como Malasaña, que ha sido mi casa cuatro años. Sí que procuro usar mis cosas (o las cosas que me llegan) para ayudar en la propuesta, no al revés. Procuro ponerme al servicio de la historia. Por eso es ficción, pero una ficción, a mi parecer, verdadera. Quien escribe no puede ser un lastre para los personajes y sus voces. Hay que desaparecer. No sé cuánto queda de Lucía en mí. Me gustaría pensar que todo, por lo aprendido. Escribir una novela siempre es un aprendizaje inmenso, sobre una misma y el mundo. El mundo ya nunca es igual. Quizá, tendría que verlo otra persona, lo que queda de ella en mí. A mí hoy, por ejemplo, me gustaría quedarme con un poco de su ternura y su reconocerse también en la ternura. Su vulnerabilidad. No ver eso como una sombra, que es como a veces se ve. Yo creo que es una tipa honesta.
“Marisa dice que lo bueno de escribir es que una puede herirse y curarse sola”. ¿La escritura de “Los besos secos” abre, cierra o reabre heridas?
Ambas cosas dice Marisa, sí. Exacto. Visto así parece puro entretenimiento masoquista, del que también se da mucho en el “amor”, en las relaciones de pareja, o como queramos llamarlas, en esas pasiones que nos desbordan, y nos destrozan, como ocurre a veces con la escritura (en la que ponemos el cuerpo a lo bonzo). Decía Juan José Millás que la escritura era como el bisturí, que abría y cauterizaba las heridas al mismo tiempo. Creo que esta historia cierra muchas historias. Y abre la posibilidad de inventar un mundo, con ese capítulo final y ese telón. De inventarse una misma, si es necesario. La comunicación tiene mucho peso. Y hay más necesidad de creer que creencia en sí. En cualquier caso, será un mundo donde seguirá habiendo heridas, siempre. Señal de que hay contacto, vida.
El recuerdo tiene un peso enorme a lo largo de la novela, pero a mi me parece una novela mucho más “amplia” de lo que inicialmente parece. En la reseña llego a decir que puede ser leída como un texto “generacional”. ¿Había esa intención de proyectar de lo particular a lo general, es algo que ha salido “solo” o es una impresión equivocada sin más?
Qué bueno eso. Y qué bello. Gracias. No había intención de representar a una generación, sería un peso grandísimo para comenzar a escribir una historia desde lo más íntimo, pero me alegra que pueda reconocerse alguien más. Es para lo que se escribe y se publica, supongo. Sí que es cierto que quería hacer algo desde una posición cómoda, es decir, elegir a una protagonista con unos orígenes parecidos a los míos, para que las palabras no fueran un lastre, sino al contrario, que marcaran un carácter y una manera de mirar el mundo.
Es verdad que somos muchos (andaluces o no) los que hemos venido a buscarnos la vida a Madrid (y a mil sitios). Somos muchas las personas que llevamos mucho tiempo dando bandazos, muchos los de mi generación, que terminamos la carrera con la crisis (y esa palabra ya nunca se fue), los que escuchamos ESO por primera vez y mileurista (que ahora es ser casi rico a veces, tristemente).
También, claro, soy una de todas esas personas que nos fuimos de casa hace tiempo, y hemos perdido algo que ya nunca vamos a recuperar. A mí me gusta mucho ver, escuchar las palabras de mi familia como la vez primera, como extranjera, saborearlas, cada vez que regreso. Y eso me pasa ahora. Me miran raro, eso sí. Hay una frase de Miguel Torga que dice: “Lo universal es lo local sin paredes”.
Siguiendo con el tema de la memoria, ¿pesa más el recuerdo o el pasado?
Procuro que pese el recuerdo, que lo que nos contemos construya. Pero no me miento. Conozco mi pasado y me gusta mirarlo y comprenderlo, si puedo, o respetarlo, sin más, si no. Lo que ocurre es que a veces lo que pasó solo lo recuerda una. Y no tiene con quién hablarlo. Puede que esto sea lo que le pase a Lucía…, y a don Quijote.
Sabemos que #escribimostodoelrato. Pero, también impartes clases de escritura creativa, etc ¿Cuándo duermes? ¿O eres más de soñar que de dormir?
Duermo poco, siempre fue así, aunque el otro día escuché el despertador. Lo mismo estoy cambiando… Lo de #escribimostodoelrato no solo es porque yo esté maquinando en mi cabeza todo el rato, que también, sino porque creo que todos estamos construyendo algo con cada cosa que hacemos, todo el rato estamos construyendo el mundo que nos espera, ahora, aquí, por ejemplo. También. Gracias.
Por último, ¿te atreves a recomendarnos alguna lectura de los últimos tiempos que te haya dejado con “algo” atravesado en la garganta?
Me pesan aún todas las lecturas sobre los Balcanes (y sus guerras y nuestras guerras) que hice para una novela. Os recomiendo una lectura dura y bellísima: Las aguas tranquilas del Una. Es una novela muy poética de Faruk Šehić, el autor acaba de publicar ahora en España un libro de cuentos, con La huerta grande, traducido por Miguel Roan. Merece la pena seguirle la pista. Su mirada es diferente.
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