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Jaime Cedillo

El goce de estar triste,
esa vana costumbre.

Jorge Luis Borges

Esta bala se perdió en mitad de un tránsito. Casi con toda seguridad, a medio camino entre Madrid y Torrijos, el rinconcito toledano donde crecí. A mis dieciséis años mi vida era tan confortable que me produjo hastío. Proyecté una salida: la capital. Por ser icono inseparable de mis grandes referencias musicales y literarias, nada más. Dos años después cumplí mi propósito y la universidad no fue aquel paraíso del que hablaban los mayores. La ciudad era tan abierta como la imaginé entonces, pero todas sus puertas estaban cerradas. No supe conectar mi condición de «chico de provincias» con el carácter madrileño. Cuanto más quise elevarme, más pequeño me hacía. Ya se sabe que en la ciudad a nadie le importa dónde vas, pero si te quedas importará mucho de dónde vienes.

Durante la primera semana lloré de nostalgia en repetidas ocasiones, a pesar de hallarme a poco más de ochenta kilómetros de mi casa. Una tarde paseaba cerca de Atocha y encontré 20 poemas de amor y una canción desesperada por un euro en la Cuesta Moyano. Leyendo en un banco del Paseo del Prado comprendí aquello del derecho a estar triste porque, en aquel momento, no lo hubiera cambiado por ser feliz. Esta podría ser la historia de alguien que empezó a ser poeta cuando Neruda se cruzó en su vida pero, además de una petulancia insoportable, sería mentira. Mis contactos con la poesía procedían de unos años antes, cuando Sabina me habló —así lo imaginé— de sus amigos poetas: Luis García Montero, Benjamín Prado, Ángel González… y mi profesor de Latín, Jesús Pino, ensanchó la nómina de autores que proponía el programa de Bachillerato. Tenía 17 años, escribía alguna cosa y ya soñaba con Madrid.

Quiero decir que la poesía no llega al pueblo o a la ciudad, sino que puede asaltarte en el viaje. Y que no tiene por qué aparecerse como una epifanía ni con Dante del brazo, sino que puede llegar disfrazada —de música, en mi caso— por el callejón trasero. Si me sedujo tanto fue porque descubrí versos de Cernuda o de Lorca que, sin entenderlos, me conmovieron. Nunca dije por ahí que había leído Poeta en Nueva York por si alguien me pedía que se lo explicase. Pero me gustaba saber que, como el catalán que hablaba Aznar, yo leía poesía en la intimidad. Y esa era mi forma de sentirme un poco menos mamarracho y, por supuesto, menos solo. Es lo que no te he contado: que llevo más de una década escribiendo poemas y jamás fui asiduo en ambientes literarios. Era mucho más fácil encontrarme diciendo estupideces en un bar que en la presentación de un libro.

Mi primer libro de poemas se llama Intramuros. Es la expresión culta que dignifica la tan popular e infravalorada «de puertas padentro». Mi relación con la poesía es tan especial precisamente porque casi siempre ha tenido lugar en la más absoluta intimidad. No te parecería un poeta, me la juego con el que sea. Así, tiene un sentido mayor la vertiente dedicada a la identidad y al testimonio personal que vertebra este libro. Si un bala perdida no dialoga con su memoria ni entra en conflicto con sus orígenes, es que está encontrada. Y esto, desde una perspectiva poética, me interesa poco. Cuento lo de Torrijos y Madrid porque fue en estos lugares donde se escribieron, o al menos se gestaron, la mayor parte de los poemas que conforman el libro. El resto, quizás en el trayecto de ida o vuelta. Aquel conflicto existencial entre la ciudad que me aprisionaba y la que me impedía el acceso ha marcado mi juventud y, por tanto, mi obra.

Me dedico al periodismo cultural por vocación —soy graduado en Periodismo y Comunicación Audiovisual (Universidad Rey Juan Carlos I), tengo un máster en Crítica y Comunicación Cultural (Universidad de Alcalá de Henares) y colaboro en El Cultural (El Mundo), Zenda, Colofón, etc.—, canto en un sitio y en otro con cantautores como Carlos Bueso y Rubén Fuentes, soy miembro y autor de una chirigota en Torrijos a la forma de Cádiz —si eso no es ser un bala perdida…— e Intramuros es mi primer libro, lo único a lo que me he enfrentado solo en la vida. Si vengo para quedarme, lo dirás tú, que te has dejado caer por aquí y tal vez te apetezca acercarte a mis poemas.