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David Vicente

Aseguraba García Márquez que un buen escritor se aprecia mejor por lo que rompe que por lo que publica. No sé, si del mismo modo, cualquiera de nosotros se define mejor por aquello que no ha conseguido que por lo que ha llevado a cabo. Quizá deberíamos empezar a levantar nuestras biografías a través de los fracasos que vamos estampando, como muescas, en el revolver de la vida y no a través de la vanagloria estéril y pueril de unos éxitos que, en el mejor de los casos, son pequeños impostores. Puede que poner de manifiesto la derrota sea la única manera de demostrar que alguna vez se tuvo el arrojo de luchar contra los propios miedos, aunque uno terminase otra vez contra la lona. En mi caso, digamos solamente que la lista sería amplia.

Al fin y al cabo alguien que duda no ha matado nunca a nadie, escribía Ray Loriga. Yo solo tengo dudas, máxime si de definirme a mí mismo se trata. Crecer es la mudanza eterna, como afirma la poeta María Alcantarilla. Espero que así sea si queremos construir algo sensato.

Por lo demás, según el diccionario en sus dos primeras acepciones, supongo que he acumulado méritos sobrados para ser “una bala perdida”: 1. proyectil dirigido hacia un lugar diferente del deseado; 2. persona alocada, irresponsable y de poco juicio.

Espero haber hecho también alguno literario que me haga merecedor de estar en este catálogo. Eso, en cualquier caso, pertenece al juicio o la insensatez de los lectores.