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Raquel Martínez-Gómez

Bala Perdida en un bosque
Testimonio de la autora: ¿Por qué me siento parte de la comunidad Bala Perdida?

Un día la encontré, tan perdida como yo, en las montañas de la Sierra de Guadarrama que camino. Me contó que, frente a toda apariencia, era pacifista. Había perdido una guerra que nunca quiso empezar y todavía era capaz de mostrar indignación a sus instigadores. Los había apuntado en su lista para agujerear, junto a los señores carroñeros de los conflictos presentes. Me pidió que la llevara: “Demasiadas décadas sin viajar”, me confesó. La guardé en el bolsillo y después elegí perderme por los senderos yendo campo a través, dejando huellas impresas en la nieve. Me fije en las ramas de los árboles, en su necesidad de abrazo; en los pocos hongos que quedaban de un otoño que había cubierto el bosque con su alfombra delicadamente tejida.

Cerca de una pradera donde a veces descanso, la bala mexicana empezó a incrustarse en mi piel, rompiendo el forro del del pantalón, habitándome al tiempo que yo sentía que tendría que volver a comenzar. Me hizo darme cuenta de que también necesitaba hacer boquetes en la barbarie y la reacción, en la codicia de los magnates de las tecnológicas, en los golpes asesinos del machismo, y en todos aquellos responsables de la quema de combustible fósil. Cambié mi percepción, dejándome confundir por los mojones e hitos que otras veces fueron referencia y permití que el granito desprendido de un promontorio sirviera para explotar cada una de mis certezas. Y ya no quise conquistar ninguna cima, de todos modos, con la potencia de la bala, mis alas de rapaz ya las sobrevuelan. Cuando regresé al calor del hogar puse en marcha el juego de las palabras al tiempo que prendía un espacio en el interior del cuerpo para que fuera él –y no mi cabeza– quien impusiera las leyes de la lírica. Desde ese día, la bala perdida y yo nos confundimos, sin saber muy bien quien de las dos es la que se sienta en el escritorio y comienza a agujerear y llenar de pólvora las almas receptivas de lectoras audaces. No siempre somos sutiles ni fáciles ni poéticas. Al fin y al cabo es en la naturaleza de perdidas, pero también en la acumulación de pérdidas, de donde abrevamos nuestra fuerza.

Raquel Martínez-Gómez nació en Albacete (La Mancha). Sus novelas más recientes son La máscara del rey maya (Planeta México, 2023), Los huecos de la memoria (Universidad Veracruzana, 2018) –galardonada con el Premio de Novela Histórica Antonio García Cubas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH)– y Ceniza de ombú Uruguay (Manosanta, 2017). Sombras de unicornio (Algaida, 2007) fue galardonada con el European Union Prize for Literature (EUPL, 2010) y el Premio Ateneo de Sevilla. Sus obras han sido traducidas a trece lenguas.
Es doctora en Relaciones Internacionales (Universidad Complutense de Madrid) y Máster en Literatura Moderna y Contemporánea, Cultura y Pensamiento por la Universidad de Sussex. En los últimos veinte años ha compaginado su quehacer literario con su trabajo en el ámbito de la justicia social, los derechos humanos y el cuidado del medio ambiente y de sus seres. Ha vivido en México, Reino Unido y Uruguay, y realizado estancias universitarias o literarias en Argentina, Cuba y Canadá.

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