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La puta y la niña que soñaron Berlín

17,00 IVA incluido

La novela más conmovedora de David Vicente.

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Descripción

“Un recorrido tan lírico como necesario por las parcelas del dolor. Una apuesta comprometida que nos recuerda a sus lectores la importancia de entender que, en la tragedia, también hay luz y hay esperanza.”

María Alcantarilla.
Escritora y directora del Laboratorio de Escritura de Cádiz

 

“David Vicente posee una voz literaria única, un don para dotar de esperanza a las vidas de los personajes desgraciados que habitan en las atmósferas decadentes que retrata como pocos. Su prosa directa y acertada convierte esta historia común en un inolvidable relato poético cargado de ilusión y luminosidad. Es imposible salir ileso de un libro escrito por este autor. ”

Laura Riñón.
Escritora y librera de Amapolas en octubre, Madrid.

 

Sinopsis:

Lidia es una prostituta que trata de pasar desapercibida en el edificio donde vive. Su «rutinaria» vida se verá trastocada cuando Aitana, su vecina de ocho años, huérfana de madre, que pasa la mayor parte del tiempo sola, se cruza con ella en el rellano.
Un drástico acontecimiento las obligará a huir juntas a Berlín en autocaravana, generando entre ellas una extraña relación de dependencia según van quedando atrás los kilómetros en la carretera.

Esta novela es una road movie que nos narra el amor entre una madre y una hija, más allá de los límites maternofiliales. Pero sobre todo se trata de una historia que nos habla sobre infancias perdidas y sueños que se truncan casi antes de haberse forjado.
David Vicente posee una prosa ágil y desnuda, de ritmo casi cinematográfico, pero impregnada de un profundo lirismo.

 

Tapa blanda: 168 páginas.

ISBN: 978-84-121833-6-8

David Vicente

Aseguraba García Márquez que un buen escritor se aprecia mejor por lo que rompe que por lo que publica. No sé, si del mismo modo, cualquiera de nosotros se define mejor por aquello que no ha conseguido que por lo que ha llevado a cabo. Quizá deberíamos empezar a levantar nuestras biografías a través de los fracasos que vamos estampando, como muescas, en el revolver de la vida y no a través de la vanagloria estéril y pueril de unos éxitos que, en el mejor de los casos, son pequeños impostores. Puede que poner de manifiesto la derrota sea la única manera de demostrar que alguna vez se tuvo el arrojo de luchar contra los propios miedos, aunque uno terminase otra vez contra la lona. En mi caso, digamos solamente que la lista sería amplia. Al fin y al cabo alguien que duda no ha matado nunca a nadie, escribía Ray Loriga. Yo solo tengo dudas, máxime si de definirme a mí mismo se trata. Crecer es la mudanza eterna, como afirma la poeta María Alcantarilla. Espero que así sea si queremos construir algo sensato. Por lo demás, según el diccionario en sus dos primeras acepciones, supongo que he acumulado méritos sobrados para ser “una bala perdida”: 1. proyectil dirigido hacia un lugar diferente del deseado; 2. persona alocada, irresponsable y de poco juicio. Espero haber hecho también alguno literario que me haga merecedor de estar en este catálogo. Eso, en cualquier caso, pertenece al juicio o la insensatez de los lectores.

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