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Juan Manuel Márquez

Esto de presentarme, de hablar de mí, me descoloca. O quizá sea que me obliga a hacerlo: descolocarme, salír de mí para sentarme a mi lado, mirarme y decirme quién soy. Y de ahí al uso de la segunda persona del singular hay un paso que no estoy dispuesto a dar. Si al despertar noto un dolor de cabeza y sé que sólo se me pasará al abrir la ventana me gusta decir que tengo un dolor de cabeza y sé que sólo se me pasará al abrir la ventana; y no «hoy has despertado y al hacerlo has notado que te duele la cabeza, y sabes que sólo se te pasará cuando abras la ventana». La primera o la tercera persona del singular, la segunda me gusta menos.

No me gusta definirme porque creo que la definición asentada rompe más de lo que aporta. El concepto definido debe comportarse siempre acorde con su definición. Pierde, por ello, capacidad de improvisación, quizá libertad…esa cosa. Sentado a mi lado me digo que soy buena persona, pero enseguida procuro olvidarlo para no obligarme a serlo a tiempo completo y paso a afirmar que, en el mundo, únicamente me interesan las buenas personas. Las malas, dicho en modo simple, no. También aquellas personas con sentido del humor, que en tantas ocasiones coinciden con las buenas personas. El humor es uno de los pocos recursos que nos van quedando.

Tiendo a no creerme nada, al menos no del todo, y creo en la verdad que sale de cada una de las sílabas de Domingo y Adela, mis hijos, y de Lola, mujer de mirada egipcia con la que comparto una vida de la que ella me rescata cada día. Escribo por una razón bien sencilla. O dos: me gusta escribir y actividad distinta no sé hacer. Ni mejor ni peor, nada más sé hacer. Nunca hice caso a quien se me acercó sólo para decirme que había llegado la hora de asentar la cabeza. Quizá por eso, sólo quizá, sea un bala perdida.

No me va nada mal así.