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Semilla

Esther Ramón

18,00 IVA incluido

Arte, poesía y naturaleza. La poesía de Esther Ramón ahonda en lo real frente a la realidad; es siembra y es cosecha.

Rústica con solapas y guardas 118 páginas
ISBN: 978-84-124550-3-8

«Toda semilla fructifica», leemos. Fructificar, buscar la luz. Pero antes lo oscuro, la espera. Acaso Perséfone nunca fue raptada. Tal vez ella misma eligió el descenso. No un dios, sino acaso los muertos los que llaman. Hacia abajo. Hacia esa oscuridad, esa semilla. (…)
No resulta casual que los textos que conforman Semilla nazcan del diálogo con nueve artistas, cuyos trabajos evocan una materialidad que la poesía de Esther Ramón, evitando lo puramente abstracto, no deja de confirmar. La palabra «semilla» pudiera evocar, en un principio, una cierta metafísica del origen. Semilla como lugar originario, como pureza primigenia a la que hay que volver. Nada más alejado, sin embargo, de este libro. Lo confirman las propuestas estéticas elegidas: si los artistas que parecen interesar a la poeta trabajan con lo manchado, con lo roto, con lo calcinado, la poesía es aquí igualmente un lenguaje de lo impuro. Plantar semillas es todo menos una actividad aséptica. Hay que mancharse de tierra».
José Luis Gómez Toré

Esther Ramón

 

De niña me encantaba viajar en coche, en el asiento de atrás. Allí acudían las mejores visiones, se rompían con la velocidad, y podía jugar a lo que más me gustaba. El juego número 1 se jugaba en la ciudad. Consistía en concentrarse en una persona, animal o cosa de afuera, en sentir lo mismo que ellos. Con los animales, y sobre todo con las plantas y las piedras, el juego se hacía mucho más sutil, y entraba en la extraña e incomunicable sensación de estar siendo pensada o respirada. El juego número 2 se jugaba en carretera, cuando aparecían los postes eléctricos. Al ver el primero, me situaba imaginariamente sobre él y empezaba a volar, dejándome rozar por las copas de los árboles, acariciando las hojas más altas. Al llegar al segundo, me deslizaba hacia abajo, adaptándome a su forma, y después bajo tierra, donde iniciaba el vuelo subterráneo, lleno de obstáculos –piedras, tierra, lombrices–, que sin embargo no frenaban la velocidad. Intentaba no respirar hasta llegar al siguiente, y allí otra vez emprendía el vuelo hacia arriba. Ambos vuelos me gustaban, y me daba cuenta de que el uno se intensificaba con el otro. Nunca fui más yo que cuando jugaba a no serlo. Nunca volé mejor que en lo poético.
Esther Ramón ha sido coordinadora de la revista Minerva, en el Círculo de Bella Artes de Madrid, y trabaja como profesora de escritura poética en la Fundación Centro de Poesía José Hierro, un lugar-milagro que considera su casa, y en muchos otros lugares, con la convicción de que su trabajo es de resistencia al adocenamiento y de diseminación de esa picadura benéfica que reactiva zonas que creíamos dormidas y que se llama poesía. Ha publicado los poemarios Tundra (2002), Reses (Premio Ojo crítico en 2008), Grisú (2009), Sales (2011), Caza con hurones (2013), Desfrío (2014), Morada (2015) En flecha (2017).
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